«I know, I know…», respondo traicionado por mi inconsciente. Luego Jacob se separa de Sandra, se retira poco a poco sin ofrecer una mínima caricia y se echa al suelo quedándose dormido.El experimento continúa con las persecuciones de Jacob y los rechazos cada vez menos convincentes de Sandra. A Sandra se la nota inquieta y sigue moviéndose como nerviosa por la sala. Pasa medio minuto y una mano gigante entra por el techo de la habitación, coge a Sandra del pescuezo y la retira a otra celda. cuando de adulto se le expone a hembras con cadaverina y sin ella no muestra preferencia por ninguna.

Además, cuando semanas antes una investigadora del equipo de Barry me explicó que había estado estimulando diferentes zonas de sus genitales para ver qué nervios y áreas cerebrales estaban involucrados en cada tipo de excitación, me sorprendió que pudiera alcanzar un orgasmo en quince segundos, pero en ningún momento juzgué su participación en el estudio como algo indecoroso o grotesco. Hasta que llegó mi turno y constaté hasta dónde llegan nuestros prejuicios con el sexo.

Sandra y Jacob están desnudos en una habitación vacía. Tampoco saben que les estoy observando y tomando buena nota de su comportamiento, ni que los investigadores de la Universidad de Concordia, en Montreal, se han asegurado de que los niveles hormonales de Sandra la hagan sentirse excitada y receptiva al «apareamiento», como ellos prefieren llamarlo.

En el capítulo 3 os contaré si terminé siendo el primer hombre de la historia en tener un orgasmo bajo un escáner de resonancia magnética funcional. Al fin y al cabo, durante la investigación para mi último libro, El ladrón de cerebros , participé encantado en un estudio de Harvard para comprobar si un escáner cerebral idéntico al de Komisaruk podía detectar mis mentiras.

Pero antes querría detenerme un momento para reflexionar sobre la súbita reacción que tuve a las pocas horas, tras mi respuesta negativa: « ¿Vergüenza? También dejé que estimularan eléctricamente una parte de mi corteza frontal en los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos con el objetivo de averiguar si aprendía una tarea motora con mayor rapidez.

Without vitamin D, the immune system’s T-cells remain dormant, offering little or no protection against invading microorganisms and viruses.

But with vitamin D in the bloodstream, T-cells begin seeking out invaders, which are then destroyed and carried out of the body.

Everywhere you look, conventional medicine is singing the same tune: the Mayo Clinic, the Berkeley Wellness Letter, the Centers for Disease Control and Prevention, and the National Institutes of Health all say that even though there is no cure for herpes, the best way to prevent or treat the symptoms is with antiviral medications like acyclovir (sold under the trade name Zovirax), famciclovir (Famvir), or valacyclovir (Valtrex).

They recommend one of two basic approaches: episodic therapy (that is, taking the medicine whenever you experience an outbreak) or suppressive therapy (taking the medicine daily to minimize the chances of recurrent or future outbreaks).

Vitamin D is a powerful natural antiviral, which is why we bang the drum about vitamin D therapy for colds and especially flu every chance we get.

Research from the University of Copenhagen shows that vitamin D activates the immune system by arming T-cells to fight off infections.

By contrast, antiviral drugs such as oseltamivir (Tamiflu) and zanamivir (Relenza) reduced rates of infection by only 8 percent.